
Joaquín Rodrigo
Aquí os dejo el capítulo XXXII de mi novela (no publicada) ‘Judas, el arquitecto‘. Su protagonista, arquitecto, es además músico. Aprovecho, de paso, para agradecerle al maestro Rodrigo que haya estado entre nosotros.
XXXII
Llamaron de la tienda de música.
—Ya han llegado las partituras que pidió.
Al rato, regresaba Judas a su casa como quien porta un tesoro. Puso sobre la mesa los dos ejemplares del “Concierto de Aranjuez”. Uno, de la partitura completa. Otro, para guitarra y reducción pianística. Estaba componiendo su propio concierto para guitarra y orquesta, y tenía mucho que analizar. Algunos creadores piensan que no es necesario conocer obras ajenas para hacer la suya. Confían plenamente en su capacidad. Creen tener dentro un arsenal de ideas originales, y en ningún modo se arriesgan a dejarse influir por las de otros. Es una postura respetable, que se mueve entre dos extremos. El del necio que, desde la ignorancia supina, espera deslumbrar al mundo con su obra. Y el del genio verdadero. Independiente. Rebelde. Ese genio autodidacta que parece no estudiar nunca, pero que a todos engaña porque, mientras los demás miran, él observa. Y aprende en silencio sin descanso. Era el caso de Judas. A ojos de todos, Judas rehusaba leer antes de escribir. Percibir antes de pensar. Conocer antes de descubrir. Rechazaba toda influencia inmediatamente anterior a la creación propia. Guardaba con celo la virginidad de su talento. Pero solo en apariencia. No obstante, hoy, hacía una excepción. Quizás porque le impresionó aquel epigrama de don Espíritu sobre el adanismo, ese hábito de comenzar una actividad cualquiera como si nadie la hubiera ejercitado nunca, que decía: “Con el adanismo solo necesitarás millones de años para llegar a donde estamos”. Quizás por el éxito mundial del Concierto de Aranjuez, y la curiosidad por descifrar su truco de gran número de magia. Quizás por ahorrar esfuerzo, cansado de trabajar en balde. Quizás por aprender lo que su falta de instrucción académica le venía negando. Quizás porque el siniestro vigilante, encargado de que se cumplan los destinos, así lo quiso. Quizás por la razón que fuese. Los dos ejemplares le aguardaban como cajas de Pandora sin abrir. Y Judas recapacitó sobre la compra.
—«¡Perfecto! Partitura completa, por un lado. Y reducción pianística, por otro. Así podré, suponiendo que componga en piano, ver cómo se pasa a orquesta. Y, suponiendo que componga directamente para orquesta, cómo se reduce para piano. Voy a aprender muchísimo —se dijo satisfecho—. En primer lugar, ¿cuánto dura? Veintiún minutos. Bueno. No es mucho. Seguimos… ¿Cuántos movimientos tiene? Tres. ¡Excelente! Mi concierto, también. ¿Y son? Allegro con spirito. Adagio. ¡Oh! ¡El extraordinario adagio! ¡El adagio universal! ¡El adagio de los adagios! ¡Qué maravilla! Y allegro gentile. Vale. ¿Yo qué tengo? Empiezo también con un allegro…».
Judas hizo una pausa. Al pensar en el allegro, recordó que no le gustaba la estructura de su concierto. Ni siquiera tenía clara todavía esa estructura. Empezó queriendo hacer un homenaje a Bach. Pero decidió luego que sería un homenaje a su ciudad. Al estilo del Concierto de Aranjuez, pero de su ciudad. Y aún dudaba. Como consecuencia, el concierto iba saliendo demasiado barroco para su ciudad. Y demasiado español para Bach. En espera de una resolución tan banal como elegir una corbata, el concierto aguardaba. Ese era el principal problema de Judas. Un ligero titubeo lo paralizaba por completo. Podía retrasar, incluso, años la prosecución de una obra. Sinceramente, daba pena este hombre.
—«… Ya veré después si con spirito, o gentile, o allegro a secas, o lo cambio, y no es un allegro. Ya veré. Sigo con un adagio. ¡Peligroso! Si meto un adagio, tiene que ser, como mínimo, igual de bello que el de Rodrigo. Y eso es difícil, amigo mío…».
El adagio del concierto para guitarra y orquesta de Judas iba bien. Era bonito. Muy bonito. Pero no lo suficiente para Judas. Quería más. Sabía que podía aspirar a más. A hacer el más hermoso adagio de la historia de la música para guitarra. Y no estaba dispuesto a ser feliz hasta conseguirlo. Es decir, no estaba dispuesto a ser feliz. Y, por otro lado, algunos pasajes de ese adagio eran, tal vez, de una complicación excesiva para el ejecutante. Le habían censurado hacía poco que su música exigía abrir mucho las manos. Y le preocupaba desanimar a los guitarristas. La música de Judas era difícil para el intérprete. Rica y compleja. Había que tener muchas ganas para perder el tiempo estudiándola. Y mucho valor para interpretarla. —«No sé qué quieren esos blandengues —decía lamentándose». Tanto se esforzaba, desde entonces, en eliminar las dificultades, que no era él mismo cuando componía. Tampoco lo era cuando proyectaba, por la misma razón. Ni cuando escribía. Ni cuando hablaba… En realidad, puede que Judas no fuera él mismo en ningún momento de su vida.
—«… Además, tengo que suprimir esa parte complicada, cuando las manos parece que vuelan —recordó preocupado—. Si no, se van a espantar, y nadie querrá tocarlo. No sé… En fin. Ya veremos. Y termino con otro allegro. Sí. Puede ser. Con ese estudio tan chulo de la serie “24 Estudios de virtuoso para guitarra”. Eso es. Ese va a ser el tema principal del último movimiento. Lo orquesto, y ya está. De acuerdo. Seguimos. ¿Tonalidades de cada movimiento? El Concierto de Aranjuez. Primer movimiento. Dos sostenidos en la armadura. Puede ser re mayor, o si menor. A ver… sexta en re… ¡Estamos en re mayor! Sin duda. O, al menos, empieza en re mayor. Después veremos si hay cambio de tonalidad, o no. ¿Y yo? ¿Mi primer movimiento? En… —hizo una breve pausa reflexionando— ¡Do sostenido menor! Ya estamos con los follones. Rodrigo, dos sostenidos en la armadura. Yo, cuatro. Otra complicación añadida. ¿Segundo movimiento? ¿Otros dos sostenidos en la armadura? —exclamó con sorpresa— ¡Ah, claro! Está en si menor, que es el tono relativo de re mayor. Bien. Muy bien. Así que él tiene el primer movimiento en un tono, y el segundo, en el tono relativo. ¿Y yo?… ¡Joder! ¡En do mayor! ¡Sin alteraciones! ¡Qué tendrá que ver do sostenido menor con do mayor! O sea, que la tonalidad de mi segundo movimiento surge como por generación espontánea. ¡Fantástico, vamos! ¿Y el tercer movimiento, don Joaquín?… ¿Otros dos sostenidos? ¡Bueno, mira, yo ya estoy cansado! Menos teoría, y vamos a la música».
Se sentó al piano y comenzó a tocar la partitura reducida. Con los primeros acordes, sintió un escalofrío de gratitud. Comprendió que todo esfuerzo queda justificado cuando se trata de inmortalizar la belleza. Le pareció un milagro el solfeo. Las partituras. Poder estar interpretando la obra de alguien que no conocía en persona. Que jamás tuvo delante. —«¿Que compones sin saber música? —le dijo en cierta ocasión una estudiante de violonchelo primeriza, pretenciosa y sin talento— ¡Qué osada es la ignorancia!». Con el tiempo, Judas aprendió por sí mismo. Y, en efecto, auxilia mucho estudiar. Aunque, cuando se tiene talento, no es tan necesario. La verdadera utilidad de saber música, estúpida violonchelista, es vivir momentos como el que estaba viviendo Judas frente al piano con la partitura del maestro Rodrigo. Es que otros Judas de cualquier parte y de cualquier época puedan vivir, mientras dure el mundo, momentos como ese, frente a una partitura de Judas o de quien sea. Para eso sirve. Incluso, para eso te sirve. Para disfrutar la belleza que otros crearon. Supieran, o no supieran, de música. Pero no para crearla. Que no se ilusionen los necios. El talento no admite alternativas. Si acaso, solo ayudas.
(‘Judas, el arquitecto’, Pepe Gómiz)